Llanto por García Campoy

concha

El Francesillo llegó a Madrid hace seis años creyéndose Joaquín Sabina para descubrirse, no tardando, como un Paco Martínez Soria embelesado por la altura de los edificios, los chupitos gratuitos –y malos, pero gratuitos- de los pubs de Huertas y los culos de las guiris centroeuropeas. El “esta noche mojo” se convirtió, en una décima de segundo, como el tipo que entraba siendo albañil en una sala y salía disfrazado de Lola Flores en Lluvia de estrellas, el “esta noche mojo”, decía, se convirtió en un “a las once en tu habitación” por culpa de los capos Cruzados de la residencia de estudiantes en la que vivió –o supervivió, no está muy seguro del término- en su primera temporada como, ¡toma ya!, estudiante de primero de Periodismo de la Complutense, tan lleno de ilusión y de fe laica e informativa, más creyente, por aquella época, en Kapuściński o en Pulitzer que en Umbral –del que solo había leído Los metales nocturnos– o en Camba –desconocido, por entonces-. Hay que ver cómo han cambiado las tornas en este  sentido.

La profesora de Redacción de primero, Elena Lowy, enérgica, firme y pálida, mandó al parvulario universitario a cubrir un acto noticioso cualquiera, a elegir, para redactar una información, a modo de ejercicio. La periodista Concha García Campoy, consagrada como las hostias de la Eucaristía, presentaba el nuevo –ya viejo- libro de Víctor Manuel, un cancionero, me parece. El Francesillo, gañán manchego, efebo en celo e imberbe profesional, se presentó en el evento, hizo un par de preguntas –una sobre Franco y la canción hagiográfica que el cantautor asturiano le dedicó al “Caudillo”, Somoano’s Boys dixit-, provocó las risas con su descaro inocente –o con su inocencia descarada, no sabe-, besó a la presentadora de Las mañanas de Cuatro, recibió su felicitación, charló con ella, y fue invitado al programa. Poco después, esa misma noche, se escribieron y concretaron una cita.

El Francesillo salió de la cárcel monacal de Desolation Row, giró a la derecha por Ferraz, subió la calle Altamirano, entró en el metro de Argüelles, se bajó en Príncipe Pío y tomó un tren de cercanías que lo dejó en Tres Cantos. Preguntó a vecinos por el edificio de Sogecable, se equivocó un par de veces, dio unas cuantas vueltas de más y, tras tres cuartos de hora de paseo, llegó a su catedral de Santiago, sin el hato del caminante pero con un cuaderno y un bolígrafo, para tomar apuntes. Fue recibido y mimado e instruido por -María- Inés, quien ejerció de Virgilio: aquí está una cosa, aquí la otra, Concha sale en un momento, vente a la sala VIP y coge lo que quieras. Un par de canapés, dos trozos de tortilla, pasó el momento, salió Concha, sonrió, sonrieron, se abrazaron, en diez minutos empiezo, hablamos mejor cuando acabe el programa, y vente a verlo, y diez minutos después, a una colaboradora, le decía que a su niño le pusieran en un buen lugar, y finalizó el programa, y el Francesillo, Inés y Concha se comieron –el Francesillo, quien más- otros tantos canapés y otros tantos trozos de tortilla, que estaba mucho mejor, dicho sea de paso, que las que compra ya hechas en el Ahorra Más.

La cosa no se repitió cienes y cienes de veces, pero sí unas trece o catorce, durante tres años. Concha e Inés se proclamaron “titas” del Francesillo, y él, tan contento, iba a verlas para darles dos besos, aprender cómo funciona un programa de televisión -cosa que nunca tocó en un lustro de carrera- e inflarse a canapés de la sala VIP. El infante, en cierta ocasión, les regaló unos vinos que, en la siguiente quedada, fueron muy aplaudidos. La penúltima vez que las vio en Sogecable, el Francesillo se llevó a la que, por entonces, era su novia; la última vez que las vio en Sogecable –hace ya tres años y pico, copón-, el Francesillo se presentó como soltero, y las “titas” le dijeron que aquella chica no le pegaba –ahora se pueden contar estas cosas-.

La relación entre Concha, Inés y el Francesillo dejó de ser carnal -vivan las telecomunicaciones, pero sin exceso- cuando la primera fue trasladada a Telecinco. Trajín típico de mudanza, horarios difíciles, a ver cómo lo apañamos, por su parte, y el Francesillo que encontró trabajo, qué alegría, pero que por la mañana tenía que acudir a la redacción de LD y, por la tarde, al edificio nuevo, al invernadero del segundo ciclo para maquetar con tipómetro y dormirse en las clases de un tal Donaciano, -no sé si- ya jubilado. Por su parte, Inés ejercía de pegamento a través del teléfono y del correo electrónico, y el Francesillo le preguntaba y le contaba, no necesariamente por este orden.

Mala y floja, como una pita desgastada por motivos que no vienen a cuento, la memoria del Francesillo, que no recuerda si fue en diciembre de 2011 o en enero de 2012 cuando se enteró de la leucemia que sufría su “tita” Concha, a quien le escribió un texto y a quien le brindó una canción en un concierto en la Sala Caracol. Telefonazo inmediato a Inés, oye, aquí qué pasa, cagüenlaputa, qué palo, bueno, seguro que de esta sale, con los cojones internos que tiene y las ganas de vivir, y para cuándo un próximo encuentro, estará difícil, Francesillo, no es cosa de médico de cabecera, a ver si pasa lo peor y nos vemos.

La plebe pudo seguir, desde la distancia y a través de la prensa, cómo evolucionaba Concha García Campoy, y hubo flashes, fogonazos, textos, reportajes y esperanzas. El Francesillo llamaba a Inés, y esta le prometía que, en cuanto las cosas estuvieran mejor, quedarían para tomar unos vinos.

El miércoles murió Concha García Campoy. Al Francesillo le dolió como si le hubieran cortado cien veces por todo el cuerpo y, después, lo hubieran bañado en una piscina de vinagre y sal. La sensación fue de KO total, y el (ex) greñudo infante, ya periodista –o Licenciado en Periodismo, que escoja el lector-, quedó planchado y seco, como un personaje de un videojuego de lucha que pierde la partida ante un “Perfect” del rival. Las tripas se le removieron y revolvieron al sentir, por teléfono, las lágrimas, el quebranto, el dolor visceral de Inés, con el alma más rota del mundo, y encima dando gracias por llamar.

El mundo del Periodismo llora/lloramos, con sentimiento, su pérdida.

Llevándole la contraria a Millán Astray, grito encabronado “¡muera la muerte!”, y me aferro a la petición agnóstica a ese Dios que, si existe, por favor la acoja en el cielo y la coloque al frente de un magazín o presentando un telediario. Porque currículum tiene. El Todopoderoso ganaría mucha más audiencia con la Campoy que, por ejemplo, con Rouco Varela.

¿Apostamos?

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

2 comentarios sobre “Llanto por García Campoy

  • el 11 julio, 2013 a las 1:15 pm
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    No hay nada que el dolor apague salvo el tiempo, que no es que lo apague, pero lo hace menos intenso.

    Sólo puedo decirte que seguro que allá donde esté, estará de lo más orgullosa de ti.

    ¡Y qué bien escribes coñe!

    Besos precioso!

  • el 12 julio, 2013 a las 2:41 pm
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    No te conocía pero desde que he leído tu comentario te admiro mucho.
    Has demostrado tu agradecimiento hacia alguien que lo merecía con creces y has logrado conmoverme e, incluso, que derrame unas lágrimas.

    ¡Un saludo!

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