La discoteca Pachá cierra en Madrid

Pachá chapa como “discoteca Pachá” ahora que empezaba a estar abierta para tipos como yo. Pachá, cuyo génesis se remonta a 1980, icono de la Movida madrileña -uno más, tampoco es que fuera el más importante- durante aquella década feliz, alocada, despreocupada, como una adolescente ovulando, se convirtió luego en la discoteca de la jet, del nieto del duque decadente, de la hija de la ministra y de Ana Obregón, por lo menos.

Quien les escribe ha querido ir bastantes veces a Pachá; lo ha intentado pocas veces, y ha entrado solo una. Si planeábamos salir por Pachá, previamente, nos vestíamos como maniquíes de Massimo Dutti, nos perfumábamos hasta las cejas y hasta nos echábamos crema bronceadora de la marca Hacendado, tan barata, tan recurrente -y tan efectiva-. Tomábamos las copas en una casa y, cuando íbamos bastante tupidos, pillábamos un taxi en la calle Princesa, que sí, que Tribunal está cerca de nuestro barrio, que por qué no ir andando, pero es que, reina, Pachá es exclusivo, que si te pasas 5 minutos de la hora lo mismo te clavan 10 euros más por la entrada, entrada que, no te creas, da gracias si incluye una consumición, porque en Pachá se permiten -permitían, quiero decir- chulear como los que más, basándose en la división de castas o, quizás, en los glamourosos anuncios de esa marca de champú protagonizados por una tía que siempre está buenísima y dice “porque yo lo valgo”.

No te jode que si lo vale.

A Pachá conseguí/conseguimos entrar hace un par de meses, y no me pareció que fuera un sitio de la leche. El teatro Barceló, como esqueleto de teatro, precioso; la discoteca, en relación calidad/precio, dejaba muchísimo que desear. En ese sentido, el Moondance, tan guiri, tan golfo, tan cutre, le da tres mil vueltas -mil por cada adjetivo-.

Decía que a Pachá conseguí/conseguimos entrar hace un par de meses. La entrada no fue del todo cara -12 euros, me parece-, el portero fue hasta amable -por primera vez en seis años que llevo viviendo en Madrid- y, la bebida, aceptable, un garrafón bastante bien destilado. Lo que más me llamó la atención de la discoteca fue la aplicación ausente de la Ley Antitabaco: la primera planta era un fumadero. Todos los presentes en aquella parte del local fumaban, se pedían pitis y fuego, se encendían los cigarros, tosían, o se liaban fumando y tosiendo. ¿Llamadas de atención? Ninguna.

Ahora, los Urgell/Trapote, propietarios bicéfalos de la empresa (primero) y de la franquicia (segundo), han sufrido sus diferencias internas y han decidido: 1) Urgell, que se lleva a Pachá de Madrid, que la capital de -¡CUÁDRENSE!- España no interesa, o no interesa tanto; 2) Trapote, que la discoteca sigue abierta, pero con otro nombre. El caso es que Pachá chapa y que el garito del empresario Trapote será otra cosa.

Moraleja: Los organismos de la jet se extinguen en cuanto son erosionados por la masa plebeya que tributa como es debido.

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

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