“La vaina loca”, himno de una generación

Madrid, sábado por la noche, Serengeti de turistas escandalosos, cuarentonas solteras en celo, jóvenes borrachos de garrafón y posmodernismo, tacones de aguja, indios que venden yonkilatas -o como se escriba el palabro- y vagabundos de palacios de cartón, es una discoteca abierta, de 10 euros una copa si vas por lista, música pachanguera, portero búlgaro con mala follá y relaciones públicas sudamericano que, si estás buena, lo mismo hasta te invita a un chupito de tequila marca de la casa -veneno, quiere decirse-.

disco-madridMadrid es la pija golfa en Pachá, la hija del multimillonario en Serrano 41, el monstruo de Mordor del Palace -discoteca, no hotel- y la todavía jovencita perdida en la Joy desde la JMJ, donde vino a inflarse de sangre de Cristo hasta alcanzar el éxtasis de Santa Teresa o, como poco, el coma etílico -y es que no hay mejor sangre del Hijo de Dios en ningún otro lugar del mundo; las cosas, como son-.

Madrid es una disco petada de tíos buenorros bailando en una tarima, de guiris liándose con la fauna local y de canciones míticas, generacionales y nefastas, propias de una generación nefasta en su misticismo, como la mía. Caye, Jonathan y Marijuli. Fuego, uoh, uoh, uoh, la música del futuro es la música de la decadencia y de la “movilidad exterior”, del latino cachondo que te hace mover las caderas a ritmo de soniquete tropical y pegadizo, sílabas mal pronunciadas y palabras ininteligibles e indescifrables, como un Fraga que dice “mi amol“.

Una vaina loca, o sea, un cipote, un rabo, un trabuco, un pollón, lleva a la gloria a un personal que “nunca ha sentido nada como eto (sic) en mi vida”.

Eso lo dirá por los pichacortas, no te jode.

Mientras, una gorda que guarda gran parecido con una de las hijas de Zapatero, embutida en cuero, devora a un dieciochoañero minúsculo y con cara de informático; a un tipo se le cae su copa y una chica, con sandalias veraniegas, la pisa y se corta en la planta del pie; un portorriqueño se quita la camiseta para el goce de un grupo de estadounidenses con hambre de brazo de gitano, y un pijo cocodriláceo golpea en las cervicales a un joven que besa a su chica, porque la conciencia de clase también se lleva en el hábitat discotequero -jodo que si se lleva-. “¡Pero si la canción trata de una polla!”, me dicen. Pues sí, no es precisamente un tema sobre La crítica de la razón pura de Kant, tipo que nunca se fue de perreo.

Y yo, que quería hacer un artículo costumbrista en clave de humor, me encuentro con un artículo costumbrista, a secas. Eso me lleva a decir: Virgencita, llévame pronto.

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

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