El niño que se encabronó con Joaquín Sabina

Antes de que mi corazón musical estuviera presidido por Bob Dylan y comandado por Leonard Cohen, Joaquín Sabina ejercía el cargo de monarca absoluto, de Rey Sol de la palabra, el acorde y, en definitiva, la canción perfecta. El menda empezó a escucharlo de muy chico, cantaba “La del pirata cojo” en el parvulario y rezaba el Padrenuestro de “Seis de la mañana”. Con diez añitos me llegó, en forma de casette -o como se escriba-, 19 días y 500 noches, y servidor estaba pendiente de todo tipo de novedades, de conciertos, de entrevistas.

Una vez, en el verano de ese año, vino corriendo a mi casa una prima -con la que ahora no tengo ninguna relación-, bastante emocionada y estresada, para decirme que en Canal Plus estaban echando un concierto de Sabina. Cogí la primera cinta de VHS que pillé y lo puse a grabar. Se trataba de un concierto que Sabina había grabado en Salamanca. El escenario era el de una estación de trenes. Arrancaba con “Yo me bajo en Atocha” y finalizaba con “De purísima y oro”. Evidentemente, el concierto no había sido reproducido/grabado en su integridad. Lo que más me gustó fue esto:

Yo ponía el concierto a todas horas y cantaba las canciones, haciendo como que tocaba la guitarra e imitando sus gestos. Era un niño bastante gilipollas, como casi todos los infantes.

En aquellos tiempos, Madrid era una utopía y quedaba muy lejos. A Sabina había que ir a verlo en caso de que tocara en los pueblos de alrededor. Primero se habló de un concierto en Villarta de San Juan. El cantante lo suspendió porque las sillas que se iban a poner no estaban fijas y temía (textual) que “la gente se las tirara a la cabeza”.

Tarde y mal nos enteramos de que Sabina iba a actuar en Alcázar de San Juan. Fuimos, hicimos cola durante un par de horas, y las entradas se agotaron cuando estábamos a cinco metros de la taquilla. Pillé el rebote de mi vida. Mis padres, no sé por qué, decidieron hablar con alguien de la organización. Recuerdo a un tipo, portando una botella de whisky, diciéndonos que lo sentía mucho, que las localidades estaban ocupadas y que en los pasillos no se sienta, con toda la lógica del mundo, ni Dios. Con mi familia había un par de tipos de mi pueblo. Ya digo que me encabroné como nunca, me puse insoportable, y mis padres me subieron al coche con una hostia, por maleducado y caprichoso.

Días después, vinieron estos tipos de mi pueblo a mi casa y me dijeron que sobraron entradas reservadas y que pudieron disfrutar del concierto. Irracionalmente, me prometí no volver a escuchar a Sabina en la vida. “Que le follen al borracho cabrón, condenado hijo de puta”, pensaba hacia mis adentros. Luego se me pasó la fiebre…, y hasta el día. He ido a 4-5 conciertos de Joaquín, lo he conocido y, aunque no tanto como antes, lo sigo escuchando como si escuchara a mi padre. Hay un componente, un vínculo emocional entre sus canciones y un servidor permanente. Es más, por mucho Dylan que sea Dylan, cuando estoy jodido siempre me refugio en las canciones de JS. Últimamente estoy abusando de su música. Siento, como les dijo Cristo a sus apóstoles, que estoy “volviendo al padre”.

Por los siglos de los siglos, amén.

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(En la foto: Luis García Montero, un servidor, y Joaquín)

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comments

Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

Un comentario sobre “El niño que se encabronó con Joaquín Sabina

  • el 15 abril, 2013 a las 9:28 am
    Permalink

    Fabuloso el concierto de Salamanca, pena no haber estado “in situ” .

    Gracias por traernos este bonito recuerdo, personal y de un gran concierto.

    M.Carmen.

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