Irse de Madrid, Jabois y Sabina

“Un sitio así, tan contaminao, tan feo, y tan hermoso como Madrid”.

Joaquín Sabina

irse a madridEn un par de tardes me he ventilado Irse a Madrid, un libro de relatos/artículos de periodista y escritor gallego Manuel Jabois. En el texto que da nombre a su libro, Jabois cuenta algo que nos ha pasado a casi todos los tipos que venimos de un pueblo grande/de una ciudad mediana de provincias: el personal cansinea, apunta con un bazoka y te dice: “tú, plumilla, donde tienes que estar es en la capital del reino”.

Al final, Madrid ha atrapado a Jabois, que cambia El diario de Pontevedra por una inmersión algo más profunda en El Mundo, periódico en el que ya escribía lo suyo, en plan periodista literario de los buenos, qué envidia, qué esperanza, ay. Pedro J. Ramírez le ha agarrado del pescuezo y le ha dicho: “Tú, chaval, de aquí ya no te mueves”. En “Irse a Madrid” (artículo, por eso lo pongo en comillas, en lugar del libro, para el que utilizo la cursiva), mi admirado periodista se pregunta qué pinta un gallego como él en Madrid, y recuerda al maestro Camba, que afirmó que los gallegos, cuando vienen para Madrid, sólo lo hacen para ser ministros.

Desconozco, en general, para qué vienen los manchegos a Madrid. Yo vine a quedarme con el pretexto de estudiar una carrera. Mucho antes de tener pelo en los sobacos ya me recorría solico, mientras mis padres se iban de compras, la céntrica ruta personal que empezaba en la Casa del Libro de la Gran Vía y que finalizaba en la Librería San Pablo, en la plaza de Jacinto Benavente, pasando por la Fnac, por la librería de El Corte Inglés y por la otra delegación de la Casa del Libro de Sol, esa que es inaccesible cuando se instala el jodido Cortilandia.

Convertí a Madrid en mi pueblo por culpa, principalmente, de mis amigos, divididos en varios clanes que, a su vez, se clasificaban (y se clasifican) por sus conductas. Por ejemplo, sé que a los de Periodismo no les gusta ir al Moondance, pero yo no concibo salir un fin de semana sin ir a una discoteca de ligoteo con mis primos Paco y Tomás (con Paco ya sí que lo concibo, porque ha sido atrapado por una novia que, para desgracia de la golfería y para fortuna de mi amigo, bien merece la pena). Después de mis amigos viene un rodillo complejo y directo, como un contraataque perfecto del Madrid de Mourinho, en el que arrollan lugares, calles, experiencias, una carrera mediocre, un trabajo en el que (¿por qué negarlo?) estoy contento, canciones, conciertos, libros, librerías, escritos, lecturas, textos, entrevistas (especialmente las de Wyoming, Krahe y  García Campoy, ay, mi Concha, pónteme buena: ¡es una orden!), borracheras, novias, amantes, mujeres de una noche y hasta alguna que otra puta a la que no pude pagar.

Devoro el Irse a Madrid de Jabois cuando un servidor está más cerca que nunca de irse de Madrid. O al menos eso creo. Uno es muy pesimista y siempre se pone en lo peor, olvidándome, incluso, de las opciones no ya optimistas, sino realistas, pero si en junio/julio yo no tengo un contrato de trabajo, toca hacer las maletas, trabajar un par de meses en el pueblo, y luego marchar a Inglaterra, a Irlanda o a Mordor, si es necesario, para aprender inglés. Uno no se iría de Madrid por gusto, sino por necesidad. Me uniría al clan de esos “aventureros” que prefieren someterse a la esclavitud en Londres o en Dublín en lugar de en Sanxenxo o en Granada por eso de que, al menos, en Londres o en Dublín aprendes un idioma que es más que necesario. Ya digo que no hay nada confirmado y que irse de Madrid, para un servidor, sería un palo gordo en las costillas. Pero siempre podrás barajar una situación, sea la que sea, si contemplas todas las posibilidades, incluidas las peores. Así me rijo.

Recorro, pese a la lluvia, las calles del centro de Madrid. Mientras Benito Gutiérrez se convierte en “Calle Melancolía” -aún no ha llegado a ser “Desolation Row”-, paseo por Argüelles -a ritmo de unas memorias de Umbral-, por Tribunal, por Sol y por Huertas mientras escucho un viejo himno de Sabina, compuesto mucho antes de que se fuera de gira por medio mundo con Serrat, cuando era una especie de Paco Martínez Soria rojo y recién llegado de un exilio en Londres por haber tirado un cóctel molotov en un banco. En esta ocasión se la dedica a Tierno Galván; yo, si alguna vez le hago una canción a mi pueblo, es decir, a Madrid, no pienso dedicársela jamás a Ana Botella. Más que nada, por que no se piense que le quiero tirar los tejos.

Yo creo que el tema no necesita una excesiva presentación.

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

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