La mitad del cromosoma

cromosomaLo peor que tiene Granada son esos cuatrocientos y pico kilómetros –en ruta- que la separan de Madrid, una distancia de la vin, compae. Uno no puede salir de su piso de Argüelles y plantarse en la Mae West en menos de lo que tardas en comerte un dulce de Maritoñi, porque el metro, por ahora, no llega a la Alhambra. Si quieres marcharte a Granada tienes dos opciones: o bien pillar un tren caro, cutre y lento; o bien irte en autobús, que tarda su ratico, pero cuesta la mitad y hasta te ponen películas de Woody Allen.

Mis amigos de Granada no son tan golfos como yo –salvo uno-, pero sí que compartimos un doctorado en copas y un máster en borracheras que sobrepasa los límites establecidos por la Hermandad Universal de Alcohólicos Anónimos, que no sé si existe pero que, en caso afirmativo, sea seguramente un organismo dependiente de la OCDE. La última vez que fui, por ejemplo, pillé el autobús de vuelta a Madrid empalmando. Unas pestes del carajo que llevaba, ¿no sabes?. Fue subirme al bus y quedarme sopa. Zas, más instantáneo que el Nesquik. No sé si ronqué.

Desperté en la estación de Méndez Álvaro, donde me sacudió un apretón del carajo. No sé a vosotros, pero a mí las borracheras de ron me provocan cagalera. El proceso es el siguiente: me tajo, me duermo, me despierto y voy al váter. Entonces suena El anillo del nibelungo de Wagner mientras caen los meteoritos en el planeta Roca -asteroides de esos que no dejan cráter, pero sí pegatina-. Todos hemos pasado por esto.

Decía que me entraron ganas de cagar en Méndez Álvaro. El problema era sencillito, facilón. No había que convocar una cumbre de la ONU ni telefonear al Equipo A para solucionarlo. ¿Cómo ponerle fin a mi calvario intestinal? Yendo al servicio para, acto seguido, poner papel sobre la taza del váter –la higiene, lo primero-, bajarse los pantalones y los calzoncillos y concluir soltando un Tomahawk. Como Cristiano Ronaldo, pero directo a puerta.

Total, que voy al baño, me pongo a cagar, me tiro un par de cuescos –lo habitual, hasta aquí- y, de repente, toc toc. No hago caso a la llamada, me echo otro pedo sustancioso y, de nuevo, otro toc toc. “¿Qué coño pasa? Dejadme evacuar tranquilo”, les digo. “Es que estamos haciendo cosas íntimas y nos estás cortando el rollo”, salta una voz ceceante y cavernaria. “Como que cagar no es íntimo”, respondo. Otra voz, en el cubículo anexo al mío, susurra: “Con un tío cagando así yo no te la puedo chupar. Lo mismo hasta te vomito”. Pues catapún, vaya.

Acabé de dejar a Obama en la Casa Blanca, me limpié el culo y vi lo que ocurría. Mis vecinos de baño eran un retrasado mental –me gusta más la palabra “tontico”- y un octogenario haciendo ‘cruising’. No tendrían pasta para las viagras del anciano, porque era este quien recibía el salami. Los miré durante un minuto eterno, como la mujer de Lot convertida en estatua de sal contemplando la destrucción de Sodoma, les di las buenas tardes, y me largué -creo que sin lavarme las manos: craso error-.

Anoche le contaba esto a una amiga condesa. Bromeamos sobre el asunto, me informó sobre la toponimia del ‘cruising’ madrileño y teorizamos sobre el código genético de aquel entrañable tontico –con perdón-. Hacemos gala de un humor negro asqueroso y soltamos un par de burradas.

-Esto es carne de relato -le digo-. De mala calidad: lo mismo la OCU también encuentra ADN de caballo.

-Tienes que titularlo La mitad del cromosoma.

Reímos, bebemos, llego a casa y, un poco borracho, empiezo a teclear. Tacatacatacatá.

Y ya acabo.

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

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