El Rastro, Marea y frío, mucho frío en Madrid

La Sharon, que es tan guapa como francesa, me despierta a las nueve de la mañana en gabacho y con violencia porque quiere que la lleve al Rastro. La Sharon, más acostumbrada a fornifollar -esta palabra se la robo a Umbral– que yo, se despierta sin agujetas, sin ojeras y con ganas de paseo, ay que ver, con el frío que hace. Me suplica en français que la acompañe, me cuenta que lleva poco tiempo en Madrid y que quiere ver su zoco, como si esto fuera El Cairo o Marrakech, no te jode. Le cuento que hay huelga en el Metro y en los autobuses, que a esta hora todavía están montando los puestos, pero ella insiste porque no me entiende o, por lo menos, insiste porque no me quiere entender.

Total, que recorremos la distancia que hay entre Argüelles y La Latina a pata, porque la Sharon es turista, lleva pocas horas en Madrid y quiere ahorrarse el dinero del autobús ese de dos plantas, que no veáis lo caro que es, ni que tuviera los asientos de oro precolombino. La Sharon no habla español ni inglés; yo nunca quise aprender gabacho, por eso del frenillo, y mi chapurreo del sajón no llega ni a balbuceo. Anoche decidimos comunicarnos utilizando, cada uno, su lengua materna, y que fuese lo que Dios quisiera. Las cosas como son, creo que nos entendemos bastante bien, aunque ella se haga la tonta, como todas las mujeres, para llevarme a su redil, conseguir sus objetivos, etcétera. Qué sabias son.

el-rastroYo le voy guiando: esta es la calle de la Bola, este es el Mercado de San Miguel, a que no es para tanto, estos son vagabundos, hace 200 años, por estas callejuelas matábamos a las tropas de Napoleón con tijeras de coser, que nosotros no teníamos tantas bayonetas, pero a cojones no nos gana nadie, ni ahora ni hace dos siglos. Ella se ríe y me besa, y no sé si agradezco el beso, porque aunque sus labios, gracias a la vaselina de un euro de los chinos -también habrá chinos en Francia, digo yo-, son suaves y calientes, su saliva corre el riesgo de transformarse en escarcha, y limpiarse la saliva de un beso de la cara no está bien, pero que nada bien. Aunque anoche me enamoré de su culo, hoy creo que me estoy enamorando de esta francesita ya en general.

Llegamos al Rastro, caminamos calle abajo entre puestos y puestos y gentes y gentes y prendas, alfombras, jarrones, afiches, banderas republicanas, cromos de fútbol y cómics de segunda mano. Le cuento que un grupo de rock español, que se llama Marea, tiene una canción que se llama “El rastro“, que le voy a dedicar un post en Acordes Modernos y que, cuando llegue a casa, que la escuche.

Pues eso, francesita. A ver qué te parece.

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

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