Epístola de un “niño mimado” a sus ‘titas’

(Si Antonio Cambronero me lo permite, cosa que creo que hará, hoy voy a traicionarlo, a traicionar a los lectores y a traicionarme a mí mismo: no habrá post sobre música. Pero como comprenderán en cuanto lean el texto, tenía la obligación de escribir esta entrada).

Fui adoptado por Madrid hace cinco años. Me vine a la capital de España para estudiar Periodismo, con unas ganas y una pasión por la carrera y por la profesión que ya las quisiera tener a estas horas.

Fui encarcelado –literalmente- en una residencia de curas en la que las pasé bastante putas –aunque allí conocí al que es, parafraseando a Sabina, “mi primo hermano que no me toca nada y es mi hermano”-.

Me amenazaron con expulsarme varias veces –hasta que me expulsaron en junio-. Mi primer aviso de destierro -por haber pasado a una chica a mi habitación- fue la noche en que conocí a la periodista Concha García Campoy. El encuentro tuvo lugar en el Círculo de Bellas Artes, en la presentación de un cancionero de Víctor Manuel. Charlamos, nos dimos los correos y me invitó a ver el programa que conducía entonces, Las mañanas de Cuatro, desde dentro.

Nos intercambiamos unos cuantos correos, y a la semana siguiente acudí a Tres Cantos, a Sogecable, donde fui recibido por la técnica de Sonido (o lo que fuere) y su secretaria, María Inés. Y qué bien me trataron: que si sala vip, que si canapés, que si abrazos, que si mucha simpatía, que si mucho cariño.

Hasta que Concha se mudo a Telecinco, acudí a la sede de Sogecable con regularidad, fui tratado como un puñetero rey por parte de Inés y por parte de Concha y aprendí cómo funcionaba un programa de televisión, qué era una escaleta, la tensión que se mascaba en la sala de realización… En fin, un montón de cosas que debería haberme enseñado la universidad en cinco años de carrera… y que no hizo (los profesores han estado demasiado tiempo ocupados enseñándome cómo maquetar con tipómetro, o con presentaciones de Power Point con listados de tipos de revistas).

Había buen rollo, había cariño, había amor cuasifamiliar. Ellas me decían que era su “niño mimado” (y me lo siguen diciendo), mientras que yo las calificaba, de un modo cursi e inocentón, como “mis titas”. Inés siempre me acompañaba para fichar, y si Concha no podía saludarme antes de comenzar su magazine, nos salíamos a fumar un cigarro, y ella me contaba cosas, y yo ponía a parir a mujeres, profesores y curas. Concha me paseó por la redacción, y tanto ella como Inés les decían a sus compañeros que iban a ir a mi graduación. Y yo iba en medio, entre acojonado y orgulloso. (Recuerdo también un encuentro con María Antonia Iglesias en la sala VIP. Llegó y no saludó. Me cae mal desde el día) (También recuerdo que me presentaron a Arturo González; nada que ver con la tertuliana de La Noria)

No he visto a Concha desde que fue fichada por Vasile. La primera razón, sus horarios y los míos –para preparar los informativos, tenía que estar en Fuencarral de madrugada-. Sí que hemos hablado bastantes veces, nos hemos preguntado qué tal nos va… En fin, ese tipo de cosas. Por otra parte, con Inés suelo contactar, como mínimo, una vez a la semana (benditas sean las redes sociales).

Escribo este texto triste y nervioso, porque me entero de que Concha tiene leucemia y, al margen de todo vínculo personal, no está España para que periodistas como Concha García Campoy se den de baja por enfermedad. Entre tanto panfleto y entre tanto libelo, se echan de menos profesionales que tengan la cabeza, el corazón y la intención informativa de esta señora. Y no le hago más la pelota, no sea que la próxima vez que nos veamos se me ponga chula (ya sabe ella que la tengo en un altar).

Escribo este texto triste y nervioso, porque me entero de que mi ‘tita’ Concha tiene leucemia, y su ‘nene mimado’ no está acostumbrado todavía a la enfermedad en los amigos, en las personas que ama, que admira, que respeta. Aún así, confío en las breves y ‘tuiteras’ palabras de la Campoy, y me uno a esa masa que le desea una instantánea recuperación.

Concluyo: tanto a Concha como a Inés les tengo un cariño impresionante, creo que les debo más de lo que creen y de lo que yo mismo creo, y espero que pronto nos tomemos los tres un vino del “señor de la bodega”.

Ellas saben de sobra a qué me refiero.

Besos fuertes y abrazos constrictores de vuestro héroe ánonimo,

Jesús.

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

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